jueves, 18 de junio de 2015

LOS POLÍTICOS Y LA RETÓRICA


18/06/2015
Por
Un cuadro representa un hipotético paseo entre Sócrates y Platón en Atenas
Un cuadro representa un hipotético paseo entre Sócrates y Platón en Atenas
Ha habido grandes sabios que han sido políticos mediocres porque han confundido la retórica con la gestión de la vida pública. Platón sabía que la república ideal, de la cual había hablado con sus amigos y discípulos mientras escuchaban a su maestro Sócrates, no existía en ningún lugar, sino que sólo era verdadera en “nuestros discursos”.
Pensaba que los filósofos, los intelectuales o tertulianos, que diríamos hoy, pueden enseñar a gobernar. El experimento junto al tirano de Siracusa, de donde salió por piernas antes de que lo mataran en aquella ciudad siciliana, le produjo una gran frustración. Los discursos pueden ser muy bellos pero igualmente utópicos.
Tomás Moro escribió la Utopía pero tuvo que hacer frente a la realidad de su conciencia ante las presiones del rey Enrique VIII y acabó sentenciado y ejecutado en el cadalso de la Torre de Londres. Fue un canciller del reino de prestigio, honrado y leal. La ambición del rey pasó por encima de la amistad mutua y entró en el incómodo espacio de los traidores a la razón de Estado. Cuando un líder depende de los discursos que le sirven los salvapatrias habituales, corre el riesgo de despeñarse si se deja llevar por los cantos de sirena de los que escriben sin arriesgar nada o bien para mantener unas prebendas que suministra el poder de forma discrecional.
El modelo más apropiado es posiblemente el que Aristóteles enseñaba a su alumno Alejandro de Macedonia. No le decía lo que debía hacer sino que le enseñaba a pensar. No bajaba al detalle sobre si algún día cortaría el nudo gordiano o si se debía casar con Roxana. Le enseñó qué es la política, el significado de las tragedias griegas, cuántos estómagos tienen los rumiantes o la importancia de la ética. Y lo dejó suelto, a su aire, para que él mismo se embarcara en aventuras que no podían acabar bien porque estaban por encima de sus posibilidades.
Un líder no puede transitar políticamente con discursos prestados ni con la retórica de la propaganda que él mismo fabrica. Mejor que se esfuerce por hacer del gobierno una máquina capaz de servir a los ciudadanos con el menor riesgo posible de hacerlos infelices o triturarlos.
Los empeños en construir una sociedad nueva o un pueblo nuevo, con personas también nuevas, han desembocado en fracasos estrepitosos. Todo es muy añejo, imperfecto, ­­re­petitivo.
Montaigne repetía sin cesar que lo que llamamos preocupación no tiene un peso específico, sino que nosotros lo aumentamos o disminuimos. Las cosas no tienen peso propio, sino el que nosotros les damos. Cuanto más pequeñas son las proporciones en que nos encontramos, más nos oprime la estrechez. Puede que de tanto dar vueltas a un mismo tema durante tanto tiempo acabemos perdiendo la perspectiva de la realidad.
Publicado en La Vanguardia el 18 de junio de 2015

No hay comentarios:

Publicar un comentario